MEDIDAS A TOMAR CON RESPECTO A LA CONTAMINACIÓN (Parte 3) (Se compartirá el miércoles 27 diciembre 2017 en las reuniones de hogar)

MEDIDAS A TOMAR CON RESPECTO A LA CONTAMINACIÓN (Parte 3) (Se compartirá el miércoles 27 diciembre 2017 en las reuniones de hogar)

MEDIDAS A TOMAR CON RESPECTO A LA CONTAMINACIÓN (Parte 3)

Lectura bíblica: Nm. 5:1-10

Para que el pueblo de Dios fuese conformado un ejército, debían cumplirse ciertos requisitos, ciertas condiciones. Uno de estos requisitos era deshacerse de toda contaminación. En este mensaje empezaremos a considerar lo que revela Números 5 referente a las medidas que debemos tomar con respecto a la contaminación. Dios es justo y santo, y no tolera la contaminación. Su pueblo, por consiguiente, debe tomar medidas con respecto a la contaminación.

A. La razón por la cual se toman medidas

La razón por la cual se toman medidas con respecto a la contaminación tiene tres aspectos. En primer lugar, el pueblo de Dios es la morada y la habitación de Dios (v. 3); en segundo lugar, son Sus guerreros, quienes combaten por Él (1:20, 22, 24, 26, 28, 30, 32, 34, 36, 38, 40, 42); y tercero, los que conforman este ejército son también sacerdotes que sirven a Dios (3:3). Para que Dios pueda obtener una morada, un ejército y un sacerdocio, Su pueblo debe tomar medidas con respecto a la contaminación. Ellos, al igual que Dios, deben ser justos y santos y, por tanto, deben ser limpios.

 Las medidas que ellos debían tomar corporativamente guardaban relación principalmente con tres asuntos: la lepra, padecer flujo y la inmundicia producida por tener contacto con los muertos.

Tomar medidas con respecto a los flujos

Números 5:1-3 "Entonces Jehová habló a Moisés, diciendo: Manda a los hijos de Israel que echen del campamento a todo leproso, a todos los que padecen flujo y a todo contaminado por contacto con una persona muerta. Así a hombres como a mujeres".  Debemos tomar medidas con respecto a los flujos. En términos espirituales, padecer flujo representa toda manifestación excesiva, anormal y descontrolada que proceda del hombre natural, lo cual indica que uno carece de control y restricción en relación con uno mismo, con su temperamento, sus preferencias, sus gustos y aversiones. En nuestra vida diaria, si nos damos a excesos y no ejercemos restricción alguna, nos volvemos anormales. Esta condición anormal es un flujo. Por ejemplo, cuando nos enojamos, nos portamos de manera excesiva, desenfrenada y anormal. Esto constituye un flujo, una secreción, del hombre natural. Expresar sin restricción alguna lo que nos gusta y lo que no nos gusta, es otro ejemplo de flujo. (Extracto del Estudio-vida de Números, mensaje 6, por Witness Lee, LSM)

Levítico 15:1-2 "Entonces Jehová habló a Moisés y a Aarón, diciendo: Hablad a los hijos de Israel y decidles: Cuando cualquier varón tenga flujo de su cuerpo, su flujo es inmundo". Independientemente de qué clase de personas seamos, todos tenemos flujos, y, como nos lo muestra el capítulo 15 de Levítico, estos flujos son totalmente inmundos. Además, la inmundicia de nuestros flujos es contagiosa. Por esta razón, el capítulo 15 nos manda apartarnos de todo flujo que procede del cuerpo humano y del contagio de la inmundicia. Debido a que nacimos en inmundicia y somos por completo inmundos, todo cuanto procede de nosotros es inmundo. Además, la inmundicia de lo que procede de nosotros es contagiosa y, por tanto, hace inmundos a los demás. Éste es el punto crucial del capítulo 15.

No debemos pensar que esto sea algo insignificante. Al contrario, nuestro contacto con la gente es de suma importancia. Si nos relacionamos con la categoría equivocada de personas, esto podría contaminarnos y, por ende, descalificarnos de llevar una vida santa como pueblo santo de Dios. El segundo factor problemático es la inmundicia de nuestro nacimiento. Debemos comprender que nuestra fuente, nuestro origen, es la inmundicia. Nosotros somos la inmundicia misma. Nuestro nacimiento, nuestro origen y nuestra constitución intrínseca, todos ellos son inmundicia. Todo flujo nuestro, todo cuanto procede de nuestro cuerpo, es inmundo y contagioso.

Según la Biblia, nuestro cuerpo es la corporificación de nosotros mismos. Nuestro cuerpo es nuestro ser, nuestra constitución intrínseca. Todo lo que procede de nuestro cuerpo, de nuestra constitución intrínseca, es inmundo y contagioso. En 15:1-13 vemos que aquel que tiene flujo es inmundo, y que toda cosa o persona que él toque, se hace inmunda. Al considerar estos versículos, nos damos cuenta de que la inmundicia está por doquier. Todo ha sido contaminado por los flujos humanos, por lo que procede de nuestro ser. Cuanto más nos demos cuenta de esto, más valoraremos esos versículos del capítulo 15 que indican que Cristo es el factor de nuestra purificación.

Después de leer Levitico 15:1-13, tal vez nos preguntemos si existe algún lugar donde no seamos contaminados por la inmundicia de los flujos humanos. En todas partes está la inmundicia que procede de nosotros, los seres humanos. Si nos percatamos de esto, no querremos permanecer en la tierra, sino que desearemos ser arrebatados. El mundo entero, toda la humanidad, es un montón de corrupción. Fuera de Cristo, no hay ningún lugar donde estar. Tenemos que estar en Cristo. Sólo el Señor Jesús puede purificarnos. Únicamente Él es el factor que purifica.

Un varón es inmundo a causa de su flujo

“Hablad a los hijos de Israel y decidles: Cuando cualquier varón tenga flujo de su cuerpo, su flujo es inmundo” (Lv. 15:2). Esto significa que todo lo que procede del cuerpo del varón, sea o no conforme a la ley del cuerpo físico, es inmundo. Todo tipo de flujo es inmundo.

“Ésta será su inmundicia a causa de su flujo: Ya sea que haya flujo emitido de su cuerpo, o el flujo esté obstruido en su cuerpo, este flujo constituye su inmundicia” (v. 3). Esto significa que todo cuanto procede de la vida natural del hombre, sea esto bueno o malo, es sucio. Los versículos del 4 al 11 nos dicen que toda cosa o persona que toque estos flujos del hombre queda inmundo. Esto significa que todo lo que ha sido tocado o toca lo que procede de la vida natural del hombre, es hecho inmundo.

Queda inmundo hasta el anochecer

La persona era inmunda hasta el anochecer (vs. 5c, 6c, 7c, 8c, 10c, 11c). Esto significa que se debe poner fin (muerte) a la inmundicia de lo que procede de la vida natural del hombre para que pueda haber un nuevo comienzo (resurrección). La frase hasta el anochecer significa ponerle fin mediante la muerte. Entonces habrá un nuevo día, un nuevo comienzo, el cual es la resurrección.

Si queremos estar limpios, con lo cual tendremos un lugar limpio donde estar, debemos llegar a nuestro fin. Debemos tomar la cruz de Cristo a fin de morir. De este modo, llegaremos al anochecer de nuestro viejo ciclo, al anochecer de la vieja creación. Entonces, por medio de la cruz y después de experimentar la cruz, tendremos un nuevo día; estaremos en resurrección.

 Lava sus vestidos y se baña en agua

Levítico 15 nos dice repetidas veces que la persona lavaba sus vestidos y se bañaba en agua (vs. 5b, 6b, 7b, 8b, 10b, 11b). Esto no significa sólo tomar medidas con respecto a la vida que llevamos, nuestro comportamiento y los medios por los cuales entramos en contacto con la vida natural del hombre, sino también tomar medidas con respecto a nosotros mismos por el lavamiento del agua de vida, el purificador Espíritu de vida, en la palabra de Dios, eliminando todo aquello que fue influenciado por nuestra vida natural.

Necesitamos que la cruz de Cristo ponga fin a nuestra vieja vida, y necesitamos que la resurrección de Cristo nos dé un nuevo comienzo. Además de esto, necesitamos el agua de vida, que es el Espíritu que lava y purifica. Necesitamos también la palabra, porque el purificador Espíritu de vida está corporificado en la palabra. Cada vez que acudimos a la palabra en nuestro espíritu, tocamos el elemento en la palabra que nos lava. Después de tocar en la palabra ese elemento que nos lava, dicho elemento seguirá purificando nuestro ser durante todo el día. Por consiguiente, necesitamos la cruz de Cristo, la resurrección de Cristo y el Espíritu Santo como agua de vida que está en la palabra de Dios. Ahora debemos acudir a la palabra valiéndonos de nuestro espíritu. Como resultado de ello, eliminaremos todo aquello que haya sido influenciado por nuestra vida natural.

 La purificación del hombre que tiene flujo

“Cuando el que tiene flujo se haya limpiado de su flujo, contará siete días para su purificación; entonces lavará sus vestidos, bañará su cuerpo en aguas corrientes y quedará limpio” (v. 13). Esto significa que debemos tomar medidas con respecto a nuestra vida natural al grado de que ésta sea aniquilada por completo y que nosotros debemos ser purificados con la palabra de Dios en Su Espíritu.

“Al octavo día tomará para sí dos tórtolas o dos palominos, vendrá delante de Jehová a la entrada de la Tienda de Reunión y los dará al sacerdote. El sacerdote los ofrecerá, uno como ofrenda por el pecado y el otro como holocausto; así el sacerdote hará expiación por él delante de Jehová a causa de su flujo” (vs. 14-15). Esto significa que el hombre que vive regido por su vida natural no sólo necesita que la redención de Cristo se haga cargo de su naturaleza pecaminosa, sino que también necesita la vida de Cristo para poder llevar una vida de absoluta entrega a Dios.

Aquí Cristo es tipificado por las dos tórtolas o los dos palominos. Una de estas aves era ofrecida como ofrenda por el pecado, y la otra era ofrecida como holocausto. La función de Cristo como ofrenda por el pecado es poner fin a nuestra naturaleza pecaminosa, y la función de Cristo como holocausto consiste en ser nuestra vida para que vivamos absolutamente entregados a Dios. Necesitamos experimentar a Cristo de estas dos maneras, en estos dos aspectos. Mediante Cristo como nuestra ofrenda por el pecado y como nuestro holocausto, es resuelto el problema referente a nuestros flujos.

LOS HIJOS DE ISRAEL SE MANTIENEN SEPARADOS DE SU INMUNDICIA PARA QUE NO MUERAN POR HABER CONTAMINADO EL TABERNÁCULO DE DIOS

“Así mantendréis a los hijos de Israel separados de su inmundicia, para que no mueran en su inmundicia por haber contaminado Mi tabernáculo que está entre ellos” (v. 31). Esto significa que cuando la persona contaminada con lo que procede de su vida natural aún no se ha apartado de dicha inmundicia, sino que toca a la iglesia, esa persona sufrirá muerte (principalmente muerte espiritual).

El versículo 31 muestra que los flujos humanos afectan la morada de Dios. Si aún tenemos flujos, contaminaremos la morada de Dios. En tipología, esto significa que si todavía tenemos la contaminación que proviene de la vida natural, contaminaremos la vida de iglesia. Por causa de la vida de iglesia, debemos permitir que la cruz de Cristo, la resurrección de Cristo, el Espíritu con la vida divina y el contacto que tenemos con la Palabra santa mediante nuestro espíritu pongan fin a nuestra vida natural. De este modo seremos resguardados de la contaminación de los flujos humanos naturales.

Aunque el flujo del hombre no es tan grave como la lepra, sus efectos son más serios que los de la lepra. Por experiencia sabemos que aunque podamos parecer perfectos y completos, y no hagamos nada malo, seguimos teniendo flujos, cosas que proceden de la vida natural, tanto en nuestra vida familiar como en nuestra vida de iglesia. Todo cuanto procede de nuestro ser natural es inmundicia, y esta inmundicia es contagiosa, pues contamina toda persona, cosa o lugar con la que entra en contacto. Por causa de nuestro flujo, necesitamos a Cristo. Necesitamos Su muerte, Su resurrección, Su Espíritu, Su vida y Su palabra.  (Extracto del Estudio-vida de Levítico, mensaje 45, Witness Lee, LSM)

 Echar la contaminación fuera del campamento

Los contaminados por lepra, por flujos o por tener contacto con los muertos serían echados fuera del campamento, que era la morada de Dios en medio de Su pueblo (Nm. 5:2). Dios es justo, santo y viviente. Por tanto, la lepra, los flujos y la muerte espiritual no pueden ser tolerados en la morada de Dios, ni en Su ejército ni en Su sacerdocio.

Las tres clases de contaminación respecto de las cuales tomó medidas el campamento de Israel tipifican toda la inmundicia de la cual es necesario depurar a la iglesia. Estas tres cosas —la lepra causada por la rebelión, los flujos padecidos por toda manifestación excesiva, anormal y descontrolada, y la inmundicia producida por tener contacto con los muertos— constituyen un tipo completo de la inmundicia con respecto de la cual debemos tomar medidas y erradicar de la vida de iglesia. Si eliminamos estas tres cosas, la iglesia será limpia.

Tal vez pensemos que es imposible encontrar en la tierra alguna iglesia que haya sido purgada de toda contaminación. Sin embargo, como lo aclara la historia de Elías, a los ojos de Dios, Él se ha reservado a siete mil. Elías acusó al pueblo de Dios, diciendo: “Señor, a Tus profetas han dado muerte, y Tus altares han derribado; y sólo yo he quedado, y acechan contra mi vida” (Ro. 11:3; 1 R. 19:10). Pero el Señor le contestó a Elías, diciendo: “Me he reservado siete mil hombres, que no han doblado la rodilla delante de Baal” (Ro. 11:4; 1 R. 19:18). Con esto Dios parecía decirle: “Elías, a tus ojos la situación puede parecer caótica, pero Yo estoy satisfecho con estos siete mil”.

A lo largo de los siglos, Dios siempre ha tenido a “siete mil” con los que Él ha podido contar. Debido a ello, Dios ha podido tener Su testimonio hasta el día de hoy. Debemos aprender cómo ser contados entre estos siete mil. Eso significa que debemos tomar medidas exhaustivas, tanto a nivel corporativo como a nivel individual, que nos mantengan en una condición apropiada que concuerde con los requisitos y condiciones que Dios exige para la formación de Su ejército guerrero. Aparentemente, hoy aún no vemos que se haya formado este ejército guerrero. Pero a los ojos de Dios, este ejército ya existe y ya ha sido formado. (Extracto del Estudio-vida de Números, mensaje 6 por Witness Lee, LSM) 

Salvar un alma de muerte

En Jacobo 5:20 dice que el que hace volver a tal pecador, al hermano que se ha extraviado, salvará su alma de muerte. Jacobo no dice “lo salvará”, sino “salvará el alma de éste”. 

Jacobo ya había hablado acerca de la salvación del alma. En 1:21 él dijo: “Por lo cual, desechando toda inmundicia y abundancia de malicia, recibid con mansedumbre la palabra implantada, la cual puede salvar vuestras almas”. La salvación del alma no tiene que ver con la salvación inicial; más bien, se refiere a la etapa progresiva de la salvación, la etapa de la transformación (Nota 5 en 1 Pedro 1:5). Los que han recibido la salvación inicial necesitan recibir más de la palabra que puede salvar sus almas. 

Según 1 Juan 5, el pecado puede ocasionarnos la muerte física, la cual es consecuencia de la disciplina de Dios. Cuando un creyente peca, Dios le da una advertencia; luego, si no hace caso a esa advertencia y continúa en pecado, Dios podría disciplinarlo y permitir que se enferme. Esta enfermedad es una disciplina y también una advertencia que se le da al creyente para que se arrepienta, abandone su pecado y deje de llevar una vida pecaminosa. No obstante, si no se arrepiente, Dios podría disciplinarlo aún más, al grado de acortarle la vida. Como resultado, este creyente finalmente muere.

Sin embargo, el hecho de que un creyente muera a causa de su pecado no significa que perecerá eternamente. El día en que creímos en el Señor Jesús fuimos salvos una vez y para siempre, y jamás nos perderemos. Sin embargo, si un creyente persiste en llevar una vida de pecado, Dios podría darle una advertencia y disciplinarlo con una enfermedad. Primero, Dios podría disciplinarlo con la enfermedad, lo cual sería una advertencia para que él regrese al camino de la verdad. Luego, tal vez la iglesia le pida a alguien que trate de hacer volver a este hermano. No obstante, si él permanece en su pecado, esto podría obligar a Dios a disciplinarlo aún más y permitir que muera.

Supongamos que usted siente la carga de hacer volver al camino de la verdad a un hermano que se ha extraviado. Hacerle volver equivaldría a salvar su alma de la muerte física. Ésta es la interpretación correcta de 5:19-20. Lo que Jacobo dice en estos versículos no tiene nada que ver con la perdición eterna ni con la salvación eterna. La cuestión de la salvación eterna quedó totalmente resuelta en el momento en que creímos y fuimos salvos. No obstante, si nos descarriamos y volvemos a caer en el pecado, podríamos sufrir alguna enfermedad, la cual sería una disciplina de parte de Dios. Después de esto, si no nos arrepentimos, podríamos morir prematuramente. (Extracto del Estudio-vida de Jacobo mensaje 12 por Witness lee, LSM)     

“Por lo cual, desechando toda inmundicia y abundancia de malicia, recibid con mansedumbre la palabra implantada, la cual puede salvar vuestras almas” (Jac. 1:21). La salvación del alma no equivale a la salvación del espíritu, ya que para obtener ésta lo único que debemos hacer es creer y recibir; pero la salvación del alma requiere que desechemos toda inmundicia y malicia en nuestra conducta para recibir con mansedumbre la palabra implantada.

“El Señor... me salvará para Su reino celestial” (2 Ti. 4:18). “Por lo cual, hermanos, sed aún más diligentes en hacer firme vuestra vocación y elección; porque haciendo estas cosas, no tropezaréis jamás. Porque de esta manera os será suministrada rica y abundante entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 P. 1:10-11). La salvación del alma es la salvación que nos introduce en el reino de los cielos, el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. (Extracto del libro Preguntas sobre el evangelio, pregunta 49 por Watchman Nee, LSM)   

 

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Modificado por última vez enMartes, 26 Diciembre 2017 16:30

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