LA TRINIDAD DESCRITA EN TRES PARÁBOLAS

LA TRINIDAD DESCRITA EN TRES PARÁBOLAS

LA TRINIDAD DESCRITA EN TRES PARABOLAS

En Lucas 15:1 y 2 dice: “Se acercaban a Jesús todos los recaudadores de impuestos y pecadores para oírle, y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos, diciendo: Este a los pecadores acoge, y con ellos come”. Los recaudadores de impuestos y los pecadores estaban agradecidos con el Salvador-Hombre y se acercaban a El. Pero esto molestó a los religiosos y murmuraron diciendo que el Señor acogía a los pecadores y comía con ellos. Debido a las murmuraciones (v. 3), el Señor contó tres parábolas en el capítulo quince.

Como respuesta a los fariseos y a los escribas, quienes eran justos en su propia opinión y condenaban al Salvador por comer con los pecadores, El les refirió tres parábolas, que revelan y describen cómo la Trinidad divina actúa para devolver los pecadores al Padre, por medio del Hijo y por el Espíritu. El Hijo vino en Su humanidad como el Pastor que busca al pecador, la oveja perdida, y lo trae a casa (vs. 4-7). El Espíritu busca al pecador tal como la mujer busca cuidadosamente la moneda perdida hasta encontrarla (vs. 8-10). Y el Padre recibe al pecador arrepentido que regresa, tal como aquel hombre recibe a su hijo pródigo (vs. 11-32). La Trinidad divina en Su totalidad valora inmensamente al pecador y participa en traerlo de nuevo a Sí. Las tres parábolas recalcan al amor de la Trinidad divina más que la condición caída y el arrepentimiento del pecador. El amor divino es claramente expresado en el cuidado tierno del Hijo como el buen pastor, en la detallada búsqueda del Espíritu como quien valora el tesoro, y en la calurosa acogida del Padre como un padre amoroso.

Cuando yo era joven oí mucho acerca de cómo el padre amoroso recibía al hijo pródigo, y también oí sobre el buen samaritano. Pero no me dijeron que en estas tres parábolas podíamos ver la Trinidad, ni que cada parábola se refería a uno de la Trinidad. Claramente, el Pastor se refiere al Hijo, la mujer al Espíritu, y el padre al Padre celestial. Por lo tanto, vemos claramente los tres de la Trinidad en esta parábola.

La secuencia de la Trinidad mencionada en Lucas 15 es diferente a la de Mateo 28:19. La secuencia de Mateo 28:19 es el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Pero en Lucas vemos primero al Hijo como el pastor, luego al Espíritu como la mujer, y finalmente al Padre como el padre que recibe al hijo que regresa. Por lo tanto, en Lucas 15 la secuencia comienza con el Hijo, va al Espíritu, y llega al Padre. Esta secuencia es exactamente la misma que la de Efesios 2:18: “Porque por medio de El los unos y los otros tenemos acceso en un mismo Espíritu al Padre”. Según este versículo, tenemos acceso primero por medio del Hijo y luego, en el Espíritu. Por medio del Hijo y en el Espíritu tenemos acceso al Padre. Es así como tenemos acceso al Dios Triuno: por medio del Hijo, en el Espíritu y al Padre.

Es importante entender por qué en Lucas 15 se menciona primero al Hijo. La razón se debe a que en la obra salvadora de Dios, Aquel que viene es, en realidad, el Hijo. Este viene para llevar a cabo la redención, que es lo que uno necesita primero, ya que la redención es el cimiento de nuestra salvación. La redención que la muerte de Cristo llevó a cabo en la cruz es la base de la obra salvadora de Dios. Una vez que se pone este cimiento, podemos edificar sobre él. Para llevar a cabo la redención, viene primero el Hijo descrito de Lucas 15 como el buen pastor.

Ahora que el Hijo efectuó la redención, el Espíritu viene a buscarnos, lo cual se indica en el libro de los Hechos. En los evangelios el Hijo vino a llevar a cabo la redención. Después de que el Hijo efectuara la redención, vemos en el libro de los Hechos que el Espíritu viene a buscarnos y nos halla. Debido a esto, nos arrepentimos y regresamos a Dios el Padre. Luego, conforme a la tercera parábola de Lucas 15, el Padre nos espera a nuestro regreso.

¡Qué maravillosa secuencia tenemos en Lucas 15! La secuencia no corresponde a las Personas de la Trinidad, sino a las etapas de la salvación, la cual se basa en la redención. La obra salvadora de Dios se lleva a cabo por el Hijo, mediante el Espíritu y conduce al Padre.

LA PARABOLA DEL BUEN PASTOR

Lucas 15:4 dice: “¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla?” Aquí el desierto representa el mundo. El pastor que va al desierto en busca de la oveja perdida indica que el Hijo vino al mundo para estar con los hombres (Jn. 1:14).

Lucas 15:5 y 6 añade: “Y cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso; y al llegar a casa, reúne a sus amigos y vecinos, diciéndoles: Gozaos conmigo, porque he encontrado mi oveja que se había perdido”. Aquí vemos tanto la fortaleza del Salvador como Su amor.

LA PARABOLA DE LA MUJER
QUE BUSCA UNA MONEDA

En 15:8 el Señor añade: “¿O qué mujer que tiene diez monedas de plata, si pierde una moneda, no enciende la lámpara, y barre la casa, y busca cuidadosamente hasta encontrarla?” Literalmente la palabra griega traducida monedas de plata es “dracmas” (así también en el v. 9), que tiene casi el mismo valor que el denario romano. Una dracma equivalía al salario de un día.

La lámpara representa la palabra de Dios (Sal. 119:105, 130), la cual el Espíritu usa para alumbrar y exponer la posición y la condición del pecador para que se arrepienta.

Según el versículo 8, la mujer barre la casa y busca cuidadosamente hasta que encuentra la moneda perdida. La palabra barre indica que escudriña y limpia el interior del pecador. En el versículo 4 el Hijo encuentra al pecador, lo cual ocurre fuera de éste y se completa en la cruz por medio de la muerte redentora del Hijo. Aquí la búsqueda del Espíritu es algo interior, y se lleva a cabo por Su obra dentro del pecador arrepentido.

Los versículos 9 y 10 dicen: “Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas, diciendo: Gozaos conmigo, porque he encontrado la moneda de plata que había perdido. Así os digo que hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente”. Nótese que en el versículo 9 las palabras griegas amigas y vecinas difieren de amigos y vecinos en el versículo 6.

LA PARABOLA DEL PADRE AMOROSO

En 15:11-32 tenemos la parábola del padre amoroso. Los versículos 11 y 12 dicen: “Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo al padre: Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde; y les repartió su sustento”. La parte se refiere a la herencia que el hijo tiene por nacimiento. La palabra griega sustento es bíos (vida) y denota la condición en que uno vive, como se menciona en 8:14; por ende, se refiere a los medios de supervivencia, como se ve aquí y en Marcos 12:44. “Su sustento” se refiere a los medios de subsistencia que tiene el padre, sus bienes y posesiones (v. 30).

El versículo 13 añade: “No muchos días después, juntándolo todo el hijo menor, se fue de viaje a una provincia apartada; y allí desperdició su hacienda viviendo disolutamente”. La provincia apartada es el mundo satánico. La palabra griega traducida disolutamente también significa “en derroche”. Dicha palabra en griego se usa para indicar una vida corrupta y libertina.

Los versículos 14 y 15 dicen: “Y cuando lo hubo gastado todo, vino una gran hambre por toda aquella provincia, y comenzó a padecer necesidad. Y fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella tierra, el cual le envió a sus campos para que apacentase cerdos”. Los cerdos son animales inmundos (Lv. 11:7). Alimentar cerdos es un trabajo sucio y representa los negocios inmundos del mundo satánico.

El versículo 16 dice: “Y ansiaba llenarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba”. En vez de “llenarse”, algunos manuscritos dicen “llenar su estómago”. El hijo menor ansiaba llenarse de las algarrobas. El algarrobo es un árbol perenne. Su vaina, también llamada algarroba, era usada como forraje para alimentar a los animales y a los que están en la miseria. Un interesante dicho rabínico dice que “cuando los israelitas son reducidos a vainas de algarrobo, entonces se arrepienten”. Cierta tradición dice que Juan el Bautista se alimentaba de vainas de algarrobo en el desierto; por eso se le llama “el pan de San Juan”.

El versículo 17 nos dice: “Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre!” Esto se debió a la iluminación y búsqueda del Espíritu (v. 8) dentro de él.

Según el versículo 18, el hijo pródigo añadió: “Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y ante ti”. La decisión de levantarse e ir a su padre fue el resultado de la búsqueda del Espíritu mencionada en el versículo 8. “Contra el cielo” equivale a “ante ti” (Dios el Padre). Esto significa que pecar contra el cielo equivale a pecar ante Dios, puesto que Dios el Padre está en el cielo (11:2).

En el versículo 19 vemos lo que el hijo pródigo quería decirle a su padre: “Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros”. Esto indica que el hijo pródigo no conocía el amor del Padre. Un pecador, una vez que se ha arrepentido, tiene siempre el concepto de hacer obras para Dios o de servirle para obtener Su favor, sin saber que este pensamiento va en contra del amor y la gracia de Dios, y que es un insulto a Su corazón y a Su intención.

El versículo 20 dice: “Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a compasión, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó afectuosamente”. Que el padre viera al hijo no sucedió por casualidad, sino que salía de la casa para esperar el regreso de su hijo pródigo.

Cuando el padre vio a su hijo, corrió hacia él y se echó sobre su cuello, y le besó afectuosamente. Esto indica que Dios el Padre corre para recibir al pecador que regresa. ¡Qué anhelo muestra esto! El hecho de que el padre se echara sobre el cuello de su hijo y le besara afectuosamente demuestra un caluroso y amoroso recibimiento. El regreso del hijo pródigo al Padre se debe a la búsqueda del Espíritu (v. 8); el Padre recibe al hijo que regresa, lo cual se basa en que el Hijo le halla en Su redención.

Los versículos 21 y 22 añaden: “Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y ante ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo. Pero el padre dijo a sus esclavos: Sacad pronto el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y sandalias en sus pies”. El versículo 22 comienza con la expresión pero. Qué palabra de amor y de gracia; pues contrarrestó el pensamiento del hijo pródigo y detuvo su conversación absurda.

El padre dijo a sus esclavos que sacaran pronto el mejor vestido, y vistieran a su hijo. La palabra pronto muestra la prisa del padre (v. 20). El “mejor vestido” indica que un vestido particular fue preparado con este propósito específico y para este momento preciso. Literalmente, la palabra griega traducida mejor significa primero. El mejor vestido aquí representa a Cristo el Hijo, quien es la justicia que satisface a Dios, y cubre al pecador penitente (Jer. 23:6; 1 Co. 1:30; Fil. 3:9; véase Is. 61:10; Zac. 3:4). El mejor vestido, que era el primer vestido, reemplazó los harapos (Is. 64:6) del hijo pródigo que había regresado.

Según el versículo 22, el padre también dijo a los esclavos que pusieran un anillo en la mano de su hijo y sandalias en sus pies. Este anillo representa al Espíritu que sella al creyente, el sello que Dios le aplica cuando lo acepta (Ef. 1:13; cfr. Gn. 24:47; 41:42). Las sandalias indican el poder de la salvación que separa de la tierra sucia a los creyentes. Tanto el anillo como las sandalias eran señales de un hombre libre. El adorno, constituido por el vestido sobre el cuerpo, el anillo en la mano, y las sandalias en los pies, permitió que el hijo pródigo estuviera al mismo nivel que su padre rico y lo hizo apto para entrar en la casa del padre y festejar con él.

En el versículo 23 el padre dijo a los esclavos: “Y traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y regocijémonos”. El becerro gordo representa al rico Cristo (Ef. 3:8) inmolado en la cruz para que los creyentes puedan disfrutarle.

La salvación tiene dos aspectos: el aspecto objetivo y exterior, representado por el mejor vestido, y el aspecto subjetivo e interior, representado por el becerro gordo. Cristo como nuestra justicia es nuestra salvación externa; Cristo como la vida que disfrutamos es nuestra salvación interna. El mejor vestido hace apto al hijo pródigo para estar al nivel de los requisitos de su padre y satisfacerle; el becerro gordo satisface el hambre del hijo. Por eso, tanto el padre como el hijo pueden alegrarse juntos.

En el versículo 24 el padre explica: “Porque este mi hijo estaba muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado. Y comenzaron a regocijarse”. La palabra muerto es significativa. Todos los pecadores perdidos están muertos a los ojos de Dios (Ef. 2:1, 5), pero cuando son salvos, reciben vida (Jn. 5:24; Col. 2:13).

Lucas 15:25-32 describe la conversación en esta parábola entre el padre y el hijo mayor. El versículo 25 nos dice que “su hijo mayor estaba en el campo”. El hijo mayor representa a los fariseos y a los escribas (v. 2), y también a los judíos incrédulos que buscan la ley de justicia (Ro. 9:31-32) por sus obras, lo cual queda implícito con la expresión en el campo.

En los versículos 29 y 30 el hijo mayor dijo al padre: “He aquí, tantos años te he servido, sin haber desatendido jamás un mandato tuyo, y nunca me has dado ni un cabrito para regocijarme con mis amigos. Pero cuando vino este tu hijo, que ha consumido tus bienes con rameras, has hecho matar para él el becerro gordo”. La palabra griega traducida desatendido en el versículo 29 también puede traducirse transgredido. La palabra servido en este versículo indica la esclavitud bajo la ley (Gá. 5:1).

En los versículos 31 y 32 el padre responde al hijo mayor: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas. Mas era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano era muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado”. En el versículo 32 el padre dice otra vez que el hijo pródigo estaba muerto y ahora vive, y recalca el hecho de que cuando los pecadores perdidos son salvos, reciben vida.

LA CASA DEL PADRE

En la parábola del padre amoroso, el padre debió de haber estado fuera cuando vio a su hijo que se acercaba (v. 20). El padre vio a su hijo “cuando aún estaba lejos”. Esto no habría sido posible si él hubiera estado dentro de la casa. Por lo tanto, debió de haber estado fuera esperando a su hijo. Finalmente, el padre y el hijo regresaron juntos a la casa del padre.

Lucas 15:25 menciona la casa del padre. ¿Qué representa la casa del padre? Los cristianos quizás entiendan que la casa del padre representa una mansión celestial. Según esta interpretación, si un pecador se arrepiente y regresa a Dios, puede esperar que algún día El le recibirá en la mansión celestial. Este entendimiento de la casa del padre no es lógico. No tiene sentido decir que regresamos al Padre, que El nos recibió, pero que todavía no estamos en Su casa. Entonces, ¿dónde estamos? Lucas indica en esta parábola que el hijo pródigo fue recibido en la casa inmediatamente después de regresar y que en la casa había un lugar donde se preparaba la comida y un lugar donde se comía.

Ciertamente, la casa del padre mencionada en la parábola no se refiere al cielo. Si representara el cielo, ¿dónde estamos nosotros los que fuimos salvos y a quienes el Padre recibió, puesto que todavía no estamos en el cielo? En realidad, la casa del Padre debe representar la iglesia. En el capítulo diez la iglesia está representada por el mesón. Ahora en el capítulo quince es la casa del padre. Este entendimiento es lógico y tiene base bíblica.

En la parábola del padre amoroso no existe un intervalo de tiempo entre el hijo pródigo que regresa y la acogida que el padre le hace en su casa. El regreso del hijo es seguido inmediatamente por el acogimiento que el padre le hace en su casa. Por lo tanto, en estas tres parábolas el Hijo fue al desierto, el Espíritu entró en nuestro ser y el Padre nos recibe en Su casa.

EL PASTOR VINO A BUSCARNOS

¿Qué representa el desierto al cual el Hijo como Pastor fue en busca de la oveja perdida? El desierto es el mundo. A los ojos de Dios el mundo es un desierto, un lugar inhóspito y desolado donde es fácil perderse. El Hijo fue al desierto a buscarnos a nosotros las ovejas perdidas.

Ahora debemos preguntarnos en qué manera vino el Hijo como Pastor a buscarnos. En contraste con el Espíritu, representado por la mujer que llevaba una lámpara, el Hijo no nos busca iluminándonos, sino muriendo en la cruz. En Juan 10:11 el Señor Jesús dijo que El era el buen Pastor que da Su vida por las ovejas: “Yo soy el buen Pastor, el buen Pastor pone Su vida por las ovejas”. La obra del Pastor consiste en morir por nosotros. Si El no hubiera muerto por nosotros, no habría podido buscarnos. El nos busca muriendo por nosotros.

LA OBRA DEL ESPIRITU: NOS ILUMINA

La obra del Espíritu consiste en iluminarnos por dentro, como lo indica la parábola de la mujer que busca la moneda. El Espíritu, la mujer que busca, ilumina nuestro ser interno poco a poco de una manera minuciosa y cuidadosa. El Espíritu ilumina nuestra mente, luego nuestra parte emotiva y nuestra voluntad, y después nuestra conciencia y todo nuestro corazón. De esta manera el Espíritu nos halla.

Cuando el Espíritu nos halla al iluminarnos, nos despertamos, volvemos en nosotros mismos y nos damos cuenta de que es una insensatez quedarnos donde estamos. Nosotros no nos despertamos a nosotros mismos, sino que lo hace el Espíritu que busca con Su iluminación. El Espíritu no nos busca, alumbra y halla estando en el desierto ni en la cruz, sino en nuestro corazón. Esto produce el arrepentimiento, que es un cambio en nuestra manera de pensar, lo cual, a su vez, produce un cambio en la dirección de nuestra vida.

El hecho de que el Espíritu nos halle en “la casa” de nuestro ser revela que andábamos perdidos en nosotros mismos. Andábamos perdidos en nuestra mente, nuestra voluntad y nuestra parte emotiva. No solamente andábamos perdidos en el desierto; sino también en nosotros mismos. Cristo murió en la cruz a fin de que saliéramos del desierto, del mundo; sin embargo, aún permanecemos perdidos en nosotros mismos, y allí el Espíritu nos halla. Podemos testificar esto basándonos en nuestra experiencia. Cuando el Espíritu ilumina nuestra mente, nuestra parte emotiva, nuestra voluntad, nuestra conciencia y nuestro corazón, empezamos a arrepentirnos.

El arrepentimiento generado por la iluminación del Espíritu es un asunto interno. Ningún ser humano y ningún ángel puede obrar tan íntimamente en nosotros. Esto sólo lo puede llevar a cabo por el Espíritu, ya que El puede penetrar a lo profundo de nuestro ser para iluminarnos. Así nos damos cuenta de que somos unos necios, nos arrepentimos, y decidimos regresar al Padre. Como ya lo indicamos, el Padre estaba esperándonos fuera de la casa. Para encontrarnos con el Padre, no era necesario ir a Su casa.

EL PADRE RECIBE AL HIJO PRODIGO

Si leemos cuidadosamente la parábola del padre amoroso, veremos que cuando el hijo pródigo aún andaba desperdiciando las riquezas del padre, éste esperaba a que regresara. Cuando el hijo volvió en sí y decidió ir a su padre, preparó lo que le diría: “Padre, he pecado contra el cielo y ante ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros” (15:18-19). ¿Qué le habría dicho usted a su padre si usted hubiera sido el hijo pródigo de esta parábola? Quizás se habría dicho: “Voy a volver a la casa de mi padre. Pero ¿qué debo decir y qué debo hacer cuando llegue allí? ¿Debo llamar a la puerta? ¿Debo gritar: ‘Padre, estoy en casa’? Me siento avergonzado y necio por haber desperdiciado todo lo que mi padre me dio. Estoy harto de la manera en que he estado viviendo. Estoy seguro de que mi padre no estará fuera esperándome. Probablemente estará en casa descansando y disfrutando de la vida. El está bien, pero yo no. O ¿qué debo hacer cuando llegue a casa?”

Para sorpresa del hijo pródigo “cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a compasión, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó afectuosamente” (v. 20). Quizás el hijo pródigo se habría dicho para sí: “¡Esto es como un sueño! No he gritado ni he llamado a la puerta, sino que mi padre viene corriendo a mí. Y ahora ¡me abraza y me besa!”

EL VESTIDO, EL ANILLO,
LAS SANDALIAS Y EL BECERRO GORDO

Al regresar el hijo pródigo dijo inmediatamente a su padre: “Padre, he pecado contra el cielo y ante ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo” (v. 21). Pero el padre le interrumpió y dijo a sus siervos: “Sacad pronto el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y sandalias en sus pies. Y traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y regocijémonos; porque este mi hijo estaba muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado. Y comenzaron a regocijarse” (vs. 22-24).

El padre dijo a los siervos que sacaran pronto el mejor vestido y le vistieran. Ellos tenían que hacer esto “pronto” para corresponder a la prisa del padre cuando recibió a su hijo. El artículo definido “el” indica que antes de que el hijo volviera el padre había preparado un vestido especial para él, y los criados sabían que dicho vestido era el mejor. Por lo tanto, el padre dijo a los siervos que sacaran el mejor vestido y se lo pusieron a su hijo.

Cuando el hijo regresó a casa, estaba hecho un pobre mendigo vestido de harapos. Pero después de ponérsele el mejor vestido, se halló cubierto de un traje espléndido preparado especialmente para él. Con este vestido puesto, estaba capacitado al nivel de su padre.

El mejor vestido, lo cual lo pusieron en el hijo, es un tipo completo de Cristo quien es nuestra justicia y en quien somos justificados delante de Dios. Por consiguiente, ponerle el mejor vestido al hijo pródigo que regresó representa la justificación en Cristo. Los que tenemos a Cristo como el mejor vestido, somos justificados por Dios.

El padre también dijo a los siervos que pusieran un anillo en la mano de su hijo. Yo creo que el anillo era de oro. Este anillo representa al Espíritu que sella, y es dado a los pecadores que regresan (Ef. 1:13). Este anillo es una señal que indica que un pecador arrepentido recibe algo divino, a saber: el Espíritu de Dios. El hecho de que este anillo represente al Espíritu que sella indica que el hijo pródigo que regresó pertenece al Padre. También indica que todo lo que el Padre tiene como herencia pertenece al hijo que regresó.

En 15:22 vemos que también le pusieron las sandalias al hijo que regresó. Las sandalias separan los pies de uno de la suciedad que existe en la tierra y le fortalece para andar. Las sandalias puestas en los pies del hijo indican que la salvación nos separa del mundo y nos aparta para El, a fin de que sigamos Su camino.

Aquel que regresó fue vestido y adornado completamente con el vestido, el anillo y las sandalias. Esto significa que fue justificado y hecho completamente apto para ser aceptado en la casa del padre. Además, el padre dijo a los siervos que trajeran el becerro gordo y lo mataran para disfrutarlo. Hasta aquí, vemos a Cristo como justicia que justifica a los pecadores externamente, al Espíritu como el sello, y el poder de la salvación del Padre que separa del mundo al pecador arrepentido. Vemos que Cristo también es el becerro gordo que nos llena de la vida divina para que lo disfrutemos. El padre, el hijo que regresó y todos los demás podían disfrutar de este becerro gordo. Y entonces “comenzaron a regocijarse”.

En esta parábola vemos que la salvación tiene dos aspectos, el aspecto externo y el aspecto interno. El primero consiste en que Cristo como nuestra justicia nos justifica, y el segundo consiste en que Cristo como nuestra vida y suministro de vida nos satisface. El hijo pródigo después de regresar a su padre, disfrutó todas las riquezas provistas por el Padre en Su salvación. El disfrutó a Cristo como su justicia externa, al Espíritu como el sello, lo cual indica que pertenece al Padre, y que el Padre y todas Sus riquezas pertenecen a él. Disfrutó el poder de la salvación, que lo separa del mundo y también disfrutó internamente a Cristo, quien es su vida y suministro de vida. Por lo tanto, él podía llegar a ser una persona muy feliz, al comer y regocijarse con su padre. ¡Qué cuadro tan hermoso! (Extracto del mjes. 34-35 del Estudio-vida de Lucas por Witness Lee, LSM) 

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Modificado por última vez enMartes, 21 Noviembre 2017 16:06

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